Llega un momento en la
vida de muchas mujeres, en que nuestro cuerpo cambia, nuestro armario se llena
de calorías que nos estrechan la ropa por las noches, y empezamos a vernos menos atractivas.
No se puede seguir
creciendo a lo ancho porque no es bueno para nuestra salud física, ni mental.
Yo he probado varios
regímenes, que no valen para nada, porque en cuanto los dejas viene el famoso
“efecto rebote”.
Entonces reordenas tu
alimentación, haces cinco comidas, huyes de grasas e hidratos y dejas el alcohol.
Yo, a estas alturas,
también dejé el tabaco, porque ya que te conviertes en una mujer con hábitos
sanos, mejor hacerlo bien.
Y, para seguir los
consejos médicos, caminas una horita todos los días.
Te empiezas a encontrar
mejor, no te fatigas al subir escaleras, no se te hinchan las piernas…..
Pero de adelgazar, nada
de nada.
Las dos tallas que has
ganado, no se pierden.
Tienes que hacerte con
un vestuario nuevo, sueltecito. Buscas las tiendas que tienen ropa adecuada,
nada fácil, por cierto. Si pasas de la talla 44 directamente estás vetada para
el ochenta por ciento de los comercios y no es fácil vestirse un poquito
moderna.

Y un buen día,
aprovechando que ahora tienes más tiempo, decides dar un paso más: Ir al
gimnasio.
Poca cosa, dos o tres
días a la semana a una clase con monitor, de stepp, tonificación y fitness.
Te compras ropa deportiva, con la que te ves más bien adefesio y a hacer ejercicio!!!!
Pasadas unas semanas,
has hecho amigas en el vestuario, se te ha pasado el miedo al ridículo, te
diviertes el rato que estás, pero……. no has perdido ni un gramo, porque la grasa
que pierdes se convierte en músculo, que pesa más.
Te encuentras mejor,
orgullosa de ti misma, pero con la misma talla. Y cada día, cuando acaba la
clase te repites lo mismo: “Que paliza más tonta”