Compartir es una palabra que aprendemos y enseñamos, desde niños.
Pero muy pocas personas tienen la suerte de compartir su
vida desde el momento en que las concibieron, sólo los hermanos gemelos.
Mi hermana y yo no nos parecemos nada, somos la excepción de muchas
reglas, dicen que un caso raro en los embarazos gemelares, pero estamos unidas
por unos lazos que sólo otros gemelos entienden.

Fuimos durante dos años y unos meses, las reinas de la
casa, las primeras hijas, las primeras sobrinas, las primeras nietas. Luego
vino Edu a quitarnos un poco de protagonismo y a aliarse con mi hermana en
cuanto tuvieron claro que dos hacían más fuerza.
Porque yo siempre he sido muy dominante, siempre lo he
reconocido y me ha gustado el papel que la naturaleza me ha reservado y que me
he encargado de perfeccionar.
Tener a una compañera de clase que se va a casa contigo,
que no se cambiará de barrio, que te ayudará en las dudas de los deberes, es
algo único.
No compartíamos mucho en los estudios. Ella era la hermana
del memorión, yo la que me preparaba los exámenes a fuerza de “codos”. A mí me
gustaban la Historia y la Filosofía, a ella la Física y la Química, yo
estudiaba en silencio, ella con música pero,
aún así, nos ayudábamos y nos complementábamos.
Fuimos creciendo y la vida nos separó físicamente, porque
me casé muy joven y, durante unos años, ella era la estudiante y yo la
esposa y después la madre, llevábamos vidas diferentes.
Todavía recuerdo los nervios que pasé el día de mi boda porque mi hermana no
llegaba, habían pinchado una rueda, y para mí era un drama, no me podía casar si ella no
estaba. A ella le di mi ramo y mi primer beso de “mujer casada”
Años después, mi hija le daría el ramo de novia a su hija.
No tuve ninguna duda en quién tenía que ser la madrina de mi
primer hijo, me acompañó en mis dos partos, como médico no le ponían ninguna traba
para estar presente. También estuvo conmigo en el quirófano en un problema que
tuve y en el que “impuse” la presencia de
mi hermana.
Le ayudé a preparar su boda con la misma ilusión que preparé
la mía, y la disfruté muchísimo.
Por culpa de su trabajo, muy esclavo, Ari, su hija, se crió
durante el día en mi casa, junto a sus primos, como una más de la familia.
Han ido pasando los años, hemos sufrido ante la adversidad,
cuando enfermaron nuestros padres, cuando murieron. También hemos disfrutado al estar juntas. Ya lo conté en otra
entrada, los sentimientos cruzados
deshaciendo la casa familiar.
Lo hemos pasado muy bien con nuestros hijos. En sus
celebraciones, sus bodas, la graduación de Arantxa, las tardes de los viernes
de compras, aunque no haya que comprar nada, el gimnasio, que ella se toma en
serio y yo no, las Navidades, en las que yo trabajo más que nadie, pero también
disfruto más que nadie, y le obligo a cantar y se ríe como ningún otro día en
el año, porque ella canta bien y yo muy mal.

Hasta el momento de ver por primera vez la carita de mi
nieta, lo compartimos, porque el destino quiso que mi marido tuviese el coche
en el taller y se había ido a recogerlo cuando llegó la esperada llamada, y no
dudé en decirle a mi hermana que me
llevase al hospital.
Y paro, porque podría seguir escribiendo, que me gusta mucho
enrollarme y sólo quería contar lo maravilloso que es tener una hermana gemela,
que hoy está de guardia y por eso no hemos podido soplar las velas juntas y que
va a llorar cuando lea esto, que va dedicado a ella, porque si no os lo he
dicho todavía, es mucho más llorona que yo.
Gracias hermanita, por estar ahí.