domingo, 8 de noviembre de 2015

GEMELAS


Compartir es una palabra que aprendemos y enseñamos, desde niños.
Pero muy pocas personas tienen la suerte de compartir su vida desde el momento en que las concibieron, sólo los hermanos gemelos.
Mi hermana y yo no nos parecemos nada, somos la excepción de muchas reglas, dicen que un caso raro en los embarazos gemelares, pero estamos unidas por unos lazos que sólo otros gemelos entienden.
Fuimos durante dos años y unos meses, las reinas de la casa, las primeras hijas, las primeras sobrinas, las primeras nietas. Luego vino Edu a quitarnos un poco de protagonismo y a aliarse con mi hermana en cuanto tuvieron claro que dos hacían más fuerza.
Porque yo siempre he sido muy dominante, siempre lo he reconocido y me ha gustado el papel que la naturaleza me ha reservado y que me he encargado de perfeccionar.
Tener a una compañera de clase que se va a casa contigo, que no se cambiará de barrio, que te ayudará en las dudas de los deberes, es algo único.
No compartíamos mucho en los estudios. Ella era la hermana del memorión, yo la que me preparaba los exámenes a fuerza de “codos”. A mí me gustaban la Historia y la Filosofía, a ella la Física y la Química, yo estudiaba en silencio, ella con música pero,  aún así, nos ayudábamos y nos complementábamos.
Fuimos creciendo y la vida nos separó físicamente, porque me casé muy joven y, durante unos años, ella era la estudiante y yo la esposa y después la madre, llevábamos vidas diferentes. De todas formas, todavía recuerdo los nervios que pasé el día de mi boda porque mi hermana no llegaba, habían pinchado una rueda, y para mí era un drama, no me podía casar si ella no estaba. A ella le di mi ramo y mi primer beso de “mujer casada”
Años después, mi hija le daría el ramo de novia a su hija.
No tuve ninguna duda en quién tenía que ser la madrina de mi primer hijo, me acompañó en mis dos partos, como médico no le ponían ninguna traba para estar presente. También estuvo conmigo en el quirófano en un problema que tuve  y en el que “impuse” la presencia de mi hermana.
Le ayudé a preparar su boda con la misma ilusión que preparé la mía, y la disfruté muchísimo.
Por culpa de su trabajo, muy esclavo, Ari, su hija, se crió durante el día en mi casa, junto a sus primos, como una más de la familia.
Han ido pasando los años, hemos sufrido ante la adversidad, cuando enfermaron nuestros padres, cuando murieron. También hemos disfrutado al estar juntas. Ya lo conté en otra entrada, los sentimientos cruzados deshaciendo la casa familiar.
Lo hemos pasado muy bien con nuestros hijos. En sus celebraciones, sus bodas, la graduación de Arantxa, las tardes de los viernes de compras, aunque no haya que comprar nada, el gimnasio, que ella se toma en serio y yo no, las Navidades, en las que yo trabajo más que nadie, pero también disfruto más que nadie, y le obligo a cantar y se ríe como ningún otro día en el año, porque ella canta bien y yo muy mal.
Hasta el momento de ver por primera vez la carita de mi nieta, lo compartimos, porque el destino quiso que mi marido tuviese el coche en el taller y se había ido a recogerlo cuando llegó la esperada llamada, y no dudé en decirle a mi hermana que  me llevase al hospital.

Y paro, porque podría seguir escribiendo, que me gusta mucho enrollarme y sólo quería contar lo maravilloso que es tener una hermana gemela, que hoy está de guardia y por eso no hemos podido soplar las velas juntas y que va a llorar cuando lea esto, que va dedicado a ella, porque si no os lo he dicho todavía, es mucho más llorona que yo.

Gracias hermanita, por estar ahí.

2 comentarios:

  1. Os deseo mil años más d esta bendita felicidad

    ResponderEliminar
  2. Otra vez tocando la fibra sensible. Yo no tengo hermana gemela, pero lo más importante son mis hermanos y, entre ellos, las chicas, porque compartimos más cosas. Os felicito por esa unión.

    ResponderEliminar