Todos nos hemos dado cuenta, en estos duros meses que nos ha tocado vivir por culpa del dichoso bichito, de lo que han sufrido nuestros mayores. De una forma diferente a la nuestra porque, a la dureza del confinamiento, ellos añadían la soledad y la dificultad para moverse con cierta soltura por las nuevas tecnologías.
¿Por qué? Es muy simple, los mayores son reacios de acudir a
estos centros porque son para «viejos», y lo dicen de forma despectiva.
Por ese motivo, han decidido salir a la calle, instalar sus
talleres, en el caso de mi barrio, en la céntrica Plaza de los Carros de
Madrid, y explicarles a todos los transeúntes, lo bien que se lo pasan y lo
mucho que aprenden.
Ha sido una mañana divertida, cargada de anécdotas, pero,
sobre todo, de risas, complicidad y compañerismo.
Rafa, informático, nos ha mostrado el tapiz que está
haciendo con un diseño de su hijo, motero; Alfonso, lleva 54 años haciendo
bolillos como entretenimiento, y ahora es el maestro; Ana, maestra, enseña
artesanía con materiales reciclables a unas alumnas entregadas; en la mesa del
taller de ganchillo, contemplamos unas preciosas labores; desperdigados por la
plaza, los dibujantes plasman en papel los característicos edificios de esta
zona y, como colofón, la clase de baile a la que se han sumado, a la salida de
clase, los alumnos de un Instituto cercano, uniéndose chavales y abuelos en una
improvisada pista de baile.

Mucha gente se ha acercado a preguntar si podían comprar lo
que estaba expuesto, no, no se vende, lo único que venden en estos centros es
ilusión.
Os animo a que busquéis en vuestros barrios, vuestras ciudades,
estos lugares donde compartir momentos, evitar la soledad, aprender y reír y,
si todavía no tenéis edad para disfrutar de todo esto, ayudar a encontrarlos a
los que os rodean.
La mañana ha acabado en el Centro, con un cocido madrileño
en la cafetería y después, alguna partidita de cartas y de dominó.
«Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hemos llegado»
Francisco de Quevedo.