miércoles, 11 de noviembre de 2015

Cada noche (microrrelato)


Salen sigilosamente de la habitación de sus hijos.
Ella apaga todas las luces, él cierra con  llave  la puerta blindada.
Ya en la cama, la abraza con ternura pensando en la habitación vacía que visitan cada noche.

Sabe que ella no superará nunca ese terrible accidente.

domingo, 8 de noviembre de 2015

GEMELAS


Compartir es una palabra que aprendemos y enseñamos, desde niños.
Pero muy pocas personas tienen la suerte de compartir su vida desde el momento en que las concibieron, sólo los hermanos gemelos.
Mi hermana y yo no nos parecemos nada, somos la excepción de muchas reglas, dicen que un caso raro en los embarazos gemelares, pero estamos unidas por unos lazos que sólo otros gemelos entienden.
Fuimos durante dos años y unos meses, las reinas de la casa, las primeras hijas, las primeras sobrinas, las primeras nietas. Luego vino Edu a quitarnos un poco de protagonismo y a aliarse con mi hermana en cuanto tuvieron claro que dos hacían más fuerza.
Porque yo siempre he sido muy dominante, siempre lo he reconocido y me ha gustado el papel que la naturaleza me ha reservado y que me he encargado de perfeccionar.
Tener a una compañera de clase que se va a casa contigo, que no se cambiará de barrio, que te ayudará en las dudas de los deberes, es algo único.
No compartíamos mucho en los estudios. Ella era la hermana del memorión, yo la que me preparaba los exámenes a fuerza de “codos”. A mí me gustaban la Historia y la Filosofía, a ella la Física y la Química, yo estudiaba en silencio, ella con música pero,  aún así, nos ayudábamos y nos complementábamos.
Fuimos creciendo y la vida nos separó físicamente, porque me casé muy joven y, durante unos años, ella era la estudiante y yo la esposa y después la madre, llevábamos vidas diferentes.
Todavía recuerdo los nervios que pasé el día de mi boda porque mi hermana no llegaba, habían pinchado una rueda, y para mí era un drama, no me podía casar si ella no estaba. A ella le di mi ramo y mi primer beso de “mujer casada”
Años después, mi hija le daría el ramo de novia a su hija.
No tuve ninguna duda en quién tenía que ser la madrina de mi primer hijo, me acompañó en mis dos partos, como médico no le ponían ninguna traba para estar presente. También estuvo conmigo en el quirófano en un problema que tuve  y en el que “impuse” la presencia de mi hermana.
Le ayudé a preparar su boda con la misma ilusión que preparé la mía, y la disfruté muchísimo.
Por culpa de su trabajo, muy esclavo, Ari, su hija, se crió durante el día en mi casa, junto a sus primos, como una más de la familia.
Han ido pasando los años, hemos sufrido ante la adversidad, cuando enfermaron nuestros padres, cuando murieron. También hemos disfrutado al estar juntas. Ya lo conté en otra entrada, los sentimientos cruzados deshaciendo la casa familiar.
Lo hemos pasado muy bien con nuestros hijos. En sus celebraciones, sus bodas, la graduación de Arantxa, las tardes de los viernes de compras, aunque no haya que comprar nada, el gimnasio, que ella se toma en serio y yo no, las Navidades, en las que yo trabajo más que nadie, pero también disfruto más que nadie, y le obligo a cantar y se ríe como ningún otro día en el año, porque ella canta bien y yo muy mal.
Hasta el momento de ver por primera vez la carita de mi nieta, lo compartimos, porque el destino quiso que mi marido tuviese el coche en el taller y se había ido a recogerlo cuando llegó la esperada llamada, y no dudé en decirle a mi hermana que  me llevase al hospital.

Y paro, porque podría seguir escribiendo, que me gusta mucho enrollarme y sólo quería contar lo maravilloso que es tener una hermana gemela, que hoy está de guardia y por eso no hemos podido soplar las velas juntas y que va a llorar cuando lea esto, que va dedicado a ella, porque si no os lo he dicho todavía, es mucho más llorona que yo.

Gracias hermanita, por estar ahí.

jueves, 29 de octubre de 2015

Haciendo cola



En estos días de otoño, la Gran Vía de Madrid está viviendo unas colas, otros dicen filas, interminables, por la apertura de la tienda Primark.
Leo en prensa y en las redes sociales la indignación de mucha gente por estas colas.
Hay dos tipos de indignados:
Los que basan su enfado en que esta firma de ropa irlandesa tenía uno de sus proveedores en el edificio siniestrado de Bangladesh.
Y los que se quejan de que haya tanta gente consumista.
Sobre lo primero me parece gravísimo lo que pasó en Bangladesh, pero llevaba mucho tiempo ocurriendo en muchos sitios y sigue ocurriendo en la actualidad. Esta semana, sin ir más lejos, hemos sabido que Inditex está siendo investigado en Brasil por utilizar niños en sus almacenes.
La esclavitud existe y dejar de comprar en Primark no va a hacerla desaparecer.
El que los gobiernos apuesten por dar más ayudas al llamado Tercer Mundo, para que sus niños y sus mujeres, sobre todo, no tengan que estar abocados a este tipo de trabajo, eso sí puede servir, pero el comprar en este u otro comercio, la verdad, no mucho.
Al trabajador que no llega a fin de mes y que comprando ropa barata tiene la posibilidad de vestir a toda la familia, no se le puede exigir que piense en qué lugar se está confeccionando esa ropa, ya que la fabricada en España no se la puede pagar.
Y pocos  de los que visten Nike o Adidas, o compran en Zara, se habrán parado a pensar en qué lugar se ha fabricado su ropa.
En cuanto a los indignados por el consumismo, había muchas personas esperando a que se abriese este comercio para hacer sus compras de otoño-invierno por un módico precio.
La ropa es barata, muy barata. Pero es falso que sea mala. No se puede generalizar.
Por ejemplo la ropa de bebé, es un 80% más barata que en El Corte Inglés y un 20% más barata que en cualquier comercio barato que tenga este tipo de artículos. ¿Mala? No sé, porque el bebé crece más deprisa que lo que pueda tardar en deteriorarse y los papás se ahorran mucho dinero.
Si podemos comprar unos vaqueros por diez euros, y la diferencia está entre estrenar pantalones o ir con los rotos, creo que la respuesta es sencilla.
Esto es consumismo, claro, pero no siempre innecesario.
Volviendo a las colas, leo también que es tristísimo que no se hayan hecho colas para cosas importantes como el paro, los recortes en sanidad, etc.
Es que para eso no se hacen colas, si no manifestaciones. Y ha habido muchas y con gran afluencia de manifestantes.

Lo que es un hecho es que España es un país que hace colas.
La semana pasada fui a la presentación de un libro a la Gran Vía, y tuve que atravesar la cola formada frente a otra librería porque el cantante Bustamante firmaba el libro que ha escrito y ayer había una cola enorme, con chicas que han pasado la noche a la intemperie y van a perder dos días de clase para ver de cerca a Justin Bieber, cantante de moda.
Y se hacen colas para pedir con devoción ante la imagen de Jesús de Medinaceli o todos los miércoles ante la Iglesia de Santa Cruz para pedir un deseo a San Judas.
Y no digamos para las finales “históricas” de futbol, los conciertos de los súper-famosos o las salidas al mercado de los teléfonos de última generación.

Vamos que lo de la Gran Vía ha llamado la atención porque es una de las calles más transitadas de Madrid y el motivo era una tienda de ropa barata, para cualquier otra cosa, habría pasado desapercibido. Que hasta para que hablen de una cola hay que tener “marca”.

domingo, 11 de octubre de 2015

Espectáculo bochornoso

Según he llegado a casa me he sentado ante el ordenador para escribir esta entrada, todavía con la indignación y la vergüenza que me ha producido el espectáculo de luz y sonido y los fuegos artificiales que, patrocinado por Loterías y Apuestas del Estado, se proyectaba en la fachada principal del Palacio Real de Madrid, con motivo de la Fiesta Nacional.
Sin entrar en la exaltación o no del patriotismo, mi indignación y vergüenza es por el espectáculo en sí.
Toda la semana anunciándolo en medios de comunicación, la Plaza de Oriente y sus alrededores a rebosar de personas que me imagino habrán llegado hasta allí desde diferentes barrios de Madrid, porque los espectáculos gratuitos y en festivo, mueven muchísima gente.
A las nueve no empieza nada, sino una iluminación fija de la fachada.
Con algo más de diez minutos de retraso ha comenzado lo que, según los organizadores, era un espectáculo que "transportaba a los asistentes a través de los hitos artísticos más significativos de nuestra historia que han hecho de España un país culturalmente incomparable".En este viaje acompaña la imagen de un director de orquesta que, con el Concierto de Aranjuez de fondo, creará una explosión de luz y sonido"

Bueno, pues el sonido era casi inexistente (yo estaba en la Plaza de Oriente, muy cerca de la fachada), la historia que contaba no la ha entendido nadie y sólo ha durado cinco minutos.
A continuación, han cubierto todo el palacio con una inmensa bandera (de luz) y han comenzado los fuegos artificiales que, como se lanzaban desde los jardines de Sabatini, eran tapados casi en su totalidad por el propio palacio.
Para verlos bien, había que irse a la plaza de Felipe II, frente a la plaza de la Armería, pero entonces, no se veía el primer “espectáculo”
Vamos, que el resultado ha sido abucheado por muchos de los presentes, que habían ido con niños y se habían estado un buen rato de pie esperando.
Esto no lo dirán mañana en ningún medio, y si lo dicen, contarán que se ha pitado a la bandera, pero es totalmente falso. Se ha pitado un espectáculo bochornoso.
Porque para hacer este tipo de cosas, o se hacen bien, o no se hacen y no pasa nada.
Porque esto sale del dinero de todos y, nos hemos carcajeado de lo visto, por no llorar.
Porque además, lo sabemos hacer bien. Yo presencié hace unos años un espectáculo de luz y sonido en la Plaza del Obradoiro, en Santiago de Compostela, para conmemorar el 700 aniversario de la Catedral, que nos hizo llorar de emoción a los presentes, y unos fuegos artificiales como no había visto nunca.
No hay que salir fuera de España para ver estas cosas, pero si quieren aprender un poco más, que manden a alguien a la Grand Place de Bruselas en Navidad, total, tenemos allí a un montón de eurodiputados que se lo podrían grabar, para que los organizadores vean lo que es un espectáculo de luz y sonido.
Porque lo de hoy, insisto, ha sido vergonzoso.

martes, 22 de septiembre de 2015

NACIONALIDAD

Los que me conocen saben que no podía dejar de comentar las declaraciones de Fernando Trueba sobre su “nacionalidad”.
He procurado leer casi todo lo que se ha publicado, tanto en prensa, como en las redes sociales y he conseguido escuchar el discurso completo, para poder asegurarme de si las frases se habían sacado de contexto.
Con los deberes hechos, porque me gusta escribir mis sentimientos pero sin contar falsedades, puedo estar casi segura de que no hay contexto que valga y que lo dicho, está más que estudiado. No fue un premio improvisado, ni un discurso improvisado. Lo que hizo fue aceptar un premio que le venía muy bien para su curriculum, y un dinero nada despreciable para su cuenta corriente, pero haciendo un discurso que dejase contentos a parte de sus amigotes.
No voy a entrar en connotaciones políticas, porque soy de las que opina que la bandera, el himno, la Nación y el país, vamos, España, es de todos los españoles, con independencia de a quien votan o con quien se sienten más identificados.
Aunque algunos los quieran solo para ellos y a otros les de vergüenza enseñar estos símbolos a no ser que esté de por medio una competición deportiva, son de todos.

He estado en varias finales deportivas, porque hay más deportes además del futbol, y me ha emocionado el silencio al escuchar el himno. Cuando ganamos la Eurocopa de futbol en 2012, presencié la final en un hotel de Ámsterdam, y todos los presentes (y éramos los únicos españoles), guardaron un silencio increíble ante el himno de los dos países. Me indigné cuando pitaron el himno en la final de la copa del Rey de fútbol, porque no pido que se sienta, pero sí que se respete.
Desde luego me siento española, llevo mi nacionalidad con honra allí adonde vaya, y me indigna que critiquen las cosas de mi país aunque, en demasiadas ocasiones, tengan razones para las críticas.
Porque el señor Trueba no ha hablado de la pobreza infantil, ni de las familias en paro, ni de los supermercados de la droga, ni del trabajo basura, que podían avergonzarle como español,  ha hablado de la guerra de la Independencia y de los partidos de la selección, que muy poco tienen que ver con la actualidad de España.
Si tanto le molesta ser español, que devuelva todas las subvenciones millonarias que le han dado a sus películas y que no acepte el premio, que está en su derecho.
Es más, puede hasta renunciar a la nacionalidad española y solicitar la francesa que igual, al otro lado de la frontera, les apetece nacionalizar a un esperpento.
Desde luego, señor Trueba, me gusta su trabajo, pero en lo sucesivo no pagaré ni un euro por ver sus películas en el cine, no vaya a ser que llegue a su bolsillo ni un céntimo de mi dinero, que ya se ha llevado bastante. Entre tanto las piratearé, para cobrarme algo de lo que usted nos ha “robado” con los treinta mil euros del premio NACIONAL.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Esas pequeñas cosas...

Leyendo un comentario en Facebook este verano, recordé esas cosas que guardamos porque son un recuerdo, porque las tenemos cariño o porque forman parte de alguna colección de esas raras que algunas personas hacemos.
Yo, por ejemplo, colecciono botellitas de gel de los hoteles y las tengo en una cesta, de adorno, en el cuarto de baño.
La cesta ha ido creciendo para poder acoger tanta botella y ya no le puedo conceder más espacio, por lo que el final de esta colección, es incierto.
También colecciono botellas de cerveza de los países en los que he estado. Cuando he viajado con equipaje de mano, las he tenido que comprar en el aeropuerto, después de pasar los controles.
Mis botellas adornan la parte de arriba de los armarios de cocina, eso sí, vacías, porque el contenido nos lo hemos bebido para que pesen menos.
También tienen un final incierto, porque voy a cambiar los armarios y creo que serán más altos y no cabrán las botellas.
Al deshacer la casa de mis padres, me he traído un montón de cositas, como el libro de cocina antiguo de mamá, libros de mi padre a los que tenía un aprecio especial, jarrones, adornos y hasta parte de una vajilla de mis abuelos de principio del siglo XX.
Para que todo esto entrase en mi casa, que es muy pequeña, me he deshecho de otras cosas menos valiosas, tanto económica, como sentimentalmente.
Y cuento todo esto, porque no dejo de acordarme de una colección que mi padre les hizo a mis hijos de muñequitos pequeños de goma, que ahora se han vuelto a poner de moda.
Empezó con los pitufos y se fue completando con todos los muñecos de Disney.
Los guardábamos en un tambor de detergente, de los grandes, y los volcaban en la alfombra, jugaban con ellos un rato y los volvían a guardar, porque tenerlos expuestos era imposible.

Se sabían de memoria todos los que tenían, que eran muchísimos.
Y mis hijos crecieron y a mí se me ocurrió dejarle la colección a un sobrino.
Nunca más he vuelto a verla. Durante mucho tiempo, cuando el niño al que se la presté creció, la reclamé, pero nadie sabía nada de la colección.
En aquel momento no le di importancia pero cuando, años después, murió mi padre, y vi a mis hijos, que ya no eran niños, llorar desconsolados por la muerte de su abuelo, me dio muchísima rabia que no pudiesen tener ese recuerdo. Esos muñequitos que fueron llegando a mi casa escondidos en la mano ruda, de obrero, del abuelo y que iluminaban la cara de sus nietos.
Ahora que soy abuela, me habría encantado que mi nieta pudiera disfrutar de ella, pero no tengo otro remedio que hacérsela yo, empezando de cero, con el mismo cariño de esa otra que perdí para siempre.


domingo, 7 de junio de 2015

Las vacunas

El niño de Olot, enfermo de difteria, sigue estable, dentro de la gravedad y deseo fervientemente que se cure.
Dicho esto, me parece una irresponsabilidad por parte de sus padres, no haberle vacunado.
A nivel práctico, cuando el niño esté sano y en casa, les enviaría la factura de lo que nos ha costado a todos los españoles salvar la vida de su hijo. No para que la pagasen, si no para que tuviesen consciencia de lo que supone una decisión en una colectividad.
Las ligas anti-vacunas, muy de moda, cuentan verdades a medias para captar a padres que no vacunen a sus hijos.
Es un hecho que salvan entre dos y tres millones de muertes al año, según la Organización Mundial de la Salud y que otro millón y medio de niños se salvarían si tuviesen acceso a la vacunación.
En contrapartida, tienen efectos secundarios.
Un niño falleció tras una encefalopatía que desarrolló después de administrarle una vacuna, y otro está tetrapléjico tras una reacción autoinmune.
Ambos casos han salido estos días en prensa,
defendiendo su postura. Pero ¿cuántos niños hay en España vacunados?
Todo puede tener efectos secundarios. Para casi todo pueden existir daños colaterales.
Lo que es una realidad es que esos niños a los que sus padres deciden no vacunar, comparten las escuelas, guarderías y parques infantiles con otros niños y, gracias a esos otros niños, vacunados, no corren demasiado peligro, pero no son inmunes y se pueden contagiar y desarrollar la enfermedad o, lo que es peor, no desarrollarla y ser portadores toda su vida, pudiéndola contagiar a otros.
Cuando mis hijos eran pequeños, nadie se planteaba no vacunar, ahora, te lo preguntan en el Centro de Salud cuando vas a registrar al niño para su primera visita al pediatra.
Y yo me pregunto, ¿tanta revisión del Código Civil y Penal para asegurar la protección del menor, y la no vacunación la dejan a la decisión de los padres, cuando su vida y la de otros puede depender de esa vacuna?
Y también me indigna, aunque me tachen de dudosa moral, que se manifiesten por la vida del “no nacido”, y nadie haya salido a la calle para manifestarse por estos “nacidos” a los que se les está negando el progreso.