domingo, 11 de marzo de 2018

Leche frita.



Su horario de trabajo no le permitía comer en casa. Acudía, cada día, al mismo restaurante con dos compañeros.
En la zona en la que estaban no había mucho donde elegir que ofreciese un menú casero, por un precio razonable. Trabajar cerca del Retiro y del Ritz, tenía sus inconvenientes. Cuando descubrieron este pequeño negocio familiar de dos hermanas, una en la cocina y otra sirviendo las mesas, no buscaron más. Ellas se preocupaban de variar lo suficiente los platos que componían su menú para que sus clientes, casi todos fijos, no se cansasen.
Muchos días compartiendo con las mismas personas convierten en una relación cercana lo que comenzó siendo, simplemente, la de cliente-camarera. Se comentan las noticias, se gastan bromas, todo en los escasos treinta minutos en los que permanece en el establecimiento.
Hace tiempo que Juan le gasta una broma a Amelia cuando ella le «canta» los postres — ¿no hay leche frita? — se nos ha terminado, le contesta ella con una amplia sonrisa.
Hoy, como cada lunes, Juan ha ido a comer y se ha encontrado con otra camarera, Amelia no estaba. Se ha acercado a la cocina y su hermana, llorando, le ha dicho que había hecho leche frita de postre.
La sonrisa de Amelia y el gusto de Juan por la leche frita se habían quedado para siempre en ese maldito tren.

(Basado en una historia real de aquel fatídico 11 de marzo de 2004)

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