viernes, 30 de diciembre de 2016

Rincones 3

Mercadillo de Navidad de la Plaza Mayor

Fotografía cedida por Madrid en Blanco y Negro MBN
Hoy mis pasos se dirigen a la Plaza Mayor, en la que se ha instalado el Mercadillo de Navidad.
Este mercado comenzó en la cercana plaza de Santa Cruz en el siglo XVII. En el siglo XIX se regula, dejando la plaza Mayor para pavos, turrones y dulces y la plaza de Santa Cruz para adornos navideños y bromas.
En 1950 se decidió trasladar la venta a la Plaza Mayor, prohibiendo la de productos alimenticios y así ha llegado hasta hoy, sustituyendo toldos por casetas y variando diseños como el de este año, que estrenamos como anticipo a las novedades previstas por la celebración del cuarto centenario de este emblemático lugar.
Voy recorriendo tranquilamente las noventa casetas, en una mañana de un día cualquiera, sin gente, recordando mi infancia, con ese olor a musgo que asocio a la Navidad.
Mis pasos me llevan, sin querer, a la caseta 1. Saludo a Vidal que tiene 61 años y lleva toda la vida vendiendo belenes. Empezó de niño, ayudando a su padre, Esteban, fallecido recientemente. A este mismo lugar venía yo de la mano de mi padre.
Las cosas eran muy diferentes, los puestecillos los fabricaban ellos mismos con palos de madera. La madre cosía las lonas que echaban al suelo para colocar los panderos, cuando la lluvia y la nieve lo permitían.
Sus clientes, variopintos. Los más humildes compraban las figuras más pequeñas y, si se rompían, las pegaban con esmero. Las más grandes, más caras, para los más “pudientes” como se decía entonces.
En mi paseo continúo al número 29, Conchita Serrano tiene 73 años, lo dice con orgullo y lleva aquí desde los doce, ayudaba a su madre. Esta mujer que ha simultaneado su trabajo en hostelería con la venta de belenes, se ha preocupado en aprender la historia, que cuenta con entusiasmo a sus clientes, para que sepan lo que están comprando.
Esta tradición se inició en barro, y las figuras eran burdas y feas. Los artesanos murcianos se interesaron por aprender la técnica de Salzillo, escultor barroco español, e incorporaron la tela a las figuras, dándoles movimiento. Los hijos de aquellos artesanos, han estudiado en la Escuela de Arte y convierten cada pieza en una obra única. Cada ojo, por ejemplo, lleva siete puntos de pintura. Es artesanía pura.
Los clientes de Conchita, vienen a visitarla cada diciembre a comprar la figura que hayan hecho nueva los artesanos, para agregarla a su nacimiento. Son los mismos que venían con sus hijos y ahora los acompañan sus nietos. Ella les cuenta la historia con mimo, enamorada de lo que hace.
Los clientes actuales buscan artesanía, saben y entienden lo que están comprando. Es una costumbre en muchos hogares, que pasa de padres a hijos.
Personas como Vidal y como Conchita consiguen que, cada año, la Plaza Mayor se llene de ilusiones, de risas de niños, de recuerdos y de tradiciones que nunca deberían perderse.
Os invito a visitar este rincón con un encanto tan especial.
¡Feliz Navidad!


 Publicado en el nº 3 de la revista "Tardes en Sepia"

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